Hoy, paseando por las páginas de mis libros, he leído esta frase: "Morirás sin haber alcanzado tu objetivo final"
Al principio pensé: "¡Pero tampoco!" Pero luego, al detenerme un momento, me he dado cuenta de que es así, porque sé que seguiré persiguiendo ese horizonte lejano y, con cada meta alcanzada, surgirá otra más lejana, más importante, que me atraerá, de nuevo, como un imán.
Así soy yo.
Este pensamiento ha resucitado en mí la antigua conciencia de que a menudo me centro demasiado en la meta, en la cumbre a alcanzar, en lugar de en el presente. Y a menudo sacrifico mi felicidad, dedicándome exclusivamente a alcanzar esa meta, en lugar de disfrutar de la sonrisa de mi hija, del olor a soffritto, del calor del sol en mi cara.
Al crecer, aprendí que más que el destino, lo que cuenta es el viaje.
Y más que el viaje, la compañía.
Es una ruta de conciencia cuya trayectoria apunta... al presente. Porque, ¿qué es el viaje sino un momento de transición entre el pasado y el futuro? ¿Y qué es la "compañía" sino la suma de los momentos presentes de este viaje?
La felicidad es un estado del ser, como la soledad. No tiene nada que ver con la satisfacción. De hecho, podemos sentirnos solos en una multitud e infelices en un presente en el que lo tenemos todo.
¿Cómo no confundir felicidad y satisfacción? Simplemente comprendiendo que la felicidad no reside en el éxito, sino en el presente.
Podemos ser felices e insatisfechos. Me atrevería a decir que debemos serlo.
Esta creación en la que vivimos no es una ecuación resoluble, sino un misterio con el que tenemos que convivir, una variable constante en su inescrutabilidad. Debemos tomar nota de su insolubilidad, y esto nos ayuda a trasladar el peso de la existencia al presente..."
Uno de los personajes de El laberinto de la esperanza, el protagonista, Erik, es confrontado por "SaiJanda", un gurú indio, con esta misma pregunta. Y no es la primera vez que me ocurre como autor. Kato, en La aventura divina, también se ve "afectado" por este existencialismo, esta búsqueda de sentido.
En realidad, quienes me conocen bien saben que me encanta nadar en mar abierto, alimentando el razonamiento, la discusión, el pensamiento creativo. Mantener la chispa encendida girando como una peonza. Porque la belleza está ahí, en la búsqueda.