Una de las preguntas más habituales a los hablantes de dos lenguas es: ¿en qué lengua piensas? La respuesta no es tan sencilla como podría parecer. En este artículo cuento mi experiencia personal de dominio de dos lenguas y cómo esta capacidad ha influido en mi forma de pensar y de ser.
Mi lengua materna es el francés y mi padre es italiano. Aprendí primero francés y luego italiano cuando me mudé a Italia a los 8 años. El proceso de aprender ambos idiomas no fue nada fácil, pero me permitió conocer dos culturas diferentes y aprender a navegar entre ellas.
Cuando nos trasladamos a Italia, primero fui a la escuela de francés de Milán, el Instituto Stendhal. Sin embargo, no aprendí italiano, así que, para resolver el problema, mis padres me matricularon en la escuela pública italiana de al lado, en Viale Zara. Esta escuela tenía la particularidad de acoger en sus clases a alumnos con discapacidad auditiva o trastornos del espectro autista. Los años que pasé en esta escuela fueron maravillosos y me permitieron conocer a dos profesoras excepcionales, Adele y Laura, que me enseñaron la maravillosa lengua italiana.
Durante mi estancia en la escuela pública italiana, me hice amigo de un niño con discapacidad auditiva llamado Giampiero. Quince años después, recibí una llamada de Giampiero: ¡podía oír y hablar por teléfono! Oírle contarme lo que le había pasado a lo largo de los años me llenó de alegría y también me hizo darme cuenta de lo importante que es la comunicación en nuestra vida cotidiana.
Después de aprender italiano y olvidar un poco el francés, volví al Stendhal. Aquí empecé a mezclar los dos idiomas, creando una especie de lengua de transición propia. Con el tiempo, las dos realidades se separaron en mí y también los dos aspectos psicológicos. En efecto, las lenguas reflejan la identidad de un pueblo, su forma de pensar y aquello a lo que concede importancia. Los franceses tienden a ser radicales, racionales y lógicos, mientras que los italianos favorecen el placer, la seducción y la emoción. Descartes. De' core. Esta dicotomía me ha ayudado a comprender quién soy y cómo mis raíces biculturales han contribuido a formar mi identidad.
La pregunta final es, por tanto: ¿en qué lengua pienso? En sueños, ¿sueño en francés o en italiano? La respuesta no es sencilla. Tal y como yo lo veo, el pensamiento no tiene una forma precisa y no existe más que en el lenguaje abstracto de nuestra mente.
El lenguaje es una herramienta de comunicación externa que nos permite expresar nuestros pensamientos a los demás de forma comprensible. Es un traductor del pensamiento. En sí mismo, el pensamiento, si permanece dentro de nuestro cerebro, no tiene necesariamente una forma relacionada con el lenguaje de la persona que lo produce. Sólo cuando tenemos que comunicarnos con alguien nos vemos obligados a expresar nuestros pensamientos en una lengua y no en otra.
El lenguaje del pensamiento: Si tuviera que dar una respuesta a la pregunta inicial, diría que pienso en "pensese", un lenguaje imaginario que simboliza el lenguaje del pensamiento y nos une a todos como seres humanos. El "pensese" es el lenguaje del alma, y todos lo hablamos desde que nacemos.
En conclusión, ser bilingüe me ha permitido experimentar dos culturas diferentes y comprender mejor cómo influyen las lenguas en nuestra forma de pensar y de ser. A pesar de las dificultades para dominar el francés y el italiano, estoy agradecida por esta oportunidad y por cómo me ha permitido crecer como persona y como comunicadora. Puede que la lengua en la que pienso no esté clara o definida, pero lo que importa es la conexión que he desarrollado con las dos culturas que represento.
Al fin y al cabo, el poder del lenguaje va más allá de las palabras que pronunciamos; es una herramienta que nos permite conectar con los demás y expresar nuestra identidad. Ya sea italiano, francés o"pensese", lo que importa es nuestra capacidad de comprender y apreciar la diversidad lingüística y cultural que nos rodea, así como nuestra capacidad de utilizar las lenguas para tender puentes y superar barreras.