Deprimirse forma parte del viaje de todo ser humano, ya sea artista o contable, financiero o esté en casa de permiso.
En mí, la depresión suele venir después de un momento de excitación, casi como para equilibrar el sube y baja -o debería decir montaña rusa- de mis emociones. Hay días en los que me despierto y me abruma el síndrome del impostor, en los que estoy convencido de que el camino que tomé, tan lleno de incertidumbres, fue un error.
Cuando empecé a trabajar como actor tenía 19 años y no me preocupaba por nada. Podía arreglármelas con galletas y pasta de atún. Actuar en el teatro con mis amigos era todo lo que necesitaba. Luego, a medida que fui creciendo, sentí crecer en mí la ambición, el deseo de hacer cosas más grandes, de actuar con directores y actores más famosos, de competir con los mejores. Y el destino quiso ofrecerme todas estas posibilidades.
Soy afortunado y, sin embargo, a menudo me siento equivocado. Hay un agente dentro de mí, un saboteador, que me susurra que "todos se han engañado pensando que eres lo que tú quieres que crean que eres, pero en el fondo sabes que no es así. No vales lo que proyectas"
Ahí, para mí, la depresión suele empezar con esa vocecita en mi cerebro que tanto se esfuerza por dividirme del mundo. Una división profunda, no física, sino perceptiva. Mucho más insidiosa, porque si cedo, no hay otro camino de vuelta que ejercer un empuje de pura convicción. Un esfuerzo titánico de autoconvencimiento.
Creo que lo que nos hunde es la soledad. Esa sensación de desconexión con el resto del mundo, que nos deja a solas con nosotros mismos. Una sensación hermosa, embriagadora por la libertad que nos da, pero al mismo tiempo, un lugar donde cada obstáculo corre el riesgo de convertirse en una lápida bajo la que sucumbimos.
Hay días en los que me levanto y me encuentro en ese lugar, tal vez por la herencia de mi infancia, a menudo pasada en soledad, en la incomprensión. O quizá sea algo que todos llevamos dentro, esa duda sobre nuestras capacidades, ese miedo a no estar a la altura de lo que los demás quieren de nosotros. Otros, nosotros mismos, nuestros padres, amigos, fans, no hay diferencia, porque todo, en realidad, sucede dentro de nosotros. Somos los creadores de nuestra felicidad y de nuestras caídas.
Hay un hermoso dicho: "Haz las paces contigo mismo". A menudo se dice para indicar a alguien que tiene dos opiniones contradictorias sobre el mismo tema, una forma de incoherencia interna. Pero creo que hacer las paces con uno mismo puede ser la forma más elevada de curación.
Necesitamos reencontrarnos con todas esas voces interiores, comprendiendo que no son algo de fuera, sino algo que hemos acumulado a lo largo de los años, que nos pertenece. Nosotros somos esas voces. Y esas voces somos nosotros.
Si nos abrazamos a nosotros mismos, si decidimos que todos esos mundos que llevamos dentro, todas esas dimensiones irregulares y conflictivas que conforman el prisma de nuestra alma, no son más que las facetas de un único y hermoso diamante, encontraremos la paz con nosotros mismos.
Y tal vez, ese primer paso hacia la superficie nos ayude a mirar a los demás como lo que son: diamantes rotos en busca de unión, igual que nosotros.